- gñik gñik gñik...
Don Ramón, el maestro, chasquea con la lengua entre los dientes y el paladar y Platón se hace a la orilla en la curva de la "Tejera". Desde allí la vista descansa sobre el valle, respirar aquella luz ayuda a sentirse parte de algo hermoso. Por poder mirarlo, por saberlo ver.
Los tejados de lastra y verdín, salpicados a lo largo del valle, son como pequeñas guaridas de vida y calor con un poco de luz. Algunas chimeneas ya comienzan a humear, los olores del valle se mudan de estación y dejan que el río se lleve hasta la mar los restos maduros del verano. La leña quemada pasará a formar parte del atrezo aromático de aquella cuenca.
Platón y Don Ramón comparten algunas pasiones, entre ellas las manzanas reinetas que se dan en la huerta de María la Coja, apodo que le debe a la polio, que la dejó descompansada y asimétrica. María camina con una bota ortopédica, la única que tiene, la única que se puede permitir y que nunca la equilibra del todo, puesto que la combina con el resto de su calzado, las zapatillas de casa, las almadreñas de la huerta y los zapatos de ir a misa. Su caminar es como un paseo mal acentuado, como escribir cáminar o páseo, como un contratiempo de ritmo gitano que siempre pone silencios donde los demás ponen latidos. Es hermosa. Una hermosura curtida de caderas desvencijadas.
Don Ramón piensa en María, sonríe.
Entre tanto, Platón le mira salibando en espera de la mitad de la manzana que el maestro ha sacado de la alforja. Con la mirada perdida entre recuerdos y alguna fantasía, acaricia con su mano la pelusa que Platón tiene entre las orejas. Cuando vuelve en sí, le guiña un ojo y comparte el pequeño tesoro de sabor agridulce con el burro, la intensidad del bocado les hace cerrar fuerte los ojos, como si la tierra hubiera exprimido una gota de su deseo para colgarla de los manzanos de María y compartirla con ellos.
María es una buena mujer, suple el desequilibrio de sus descompansadas piernas con una armonía en la mirada capaz de amansar al lobo más hambriento.
A Don Ramón le encanta el papel de recolector furtivo en su huerta, nunca coge más manzanas de las que vaya a comer en el camino y es feliz cuando María se asoma a la puerta para reñirle, haciendo gestos amenazantes con la escoba.
- Es que se quiere hacer la dura, pero no le sale - le comenta Don Ramón a su burro.
Al final acaban riendo los dos y Platón les mira desconcertado, sin saber si huir o quedarse. Normalmente, para cuando María saca la escoba, ya tiene preparadas dos tazas en la cocina y la cafetera silba su aliento recién molido. El maestro sabe que esa mañana desayunaran juntos.

Pff es precioso, cuánto talento !! :))
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