El maestro

Descompás ~ Ventanas en los pies


- gñik gñik gñik...

Don Ramón, el maestro, chasquea con la lengua entre los dientes y el paladar y Platón se hace a la orilla en la curva de la "Tejera". Desde allí la vista descansa sobre el valle, respirar aquella luz ayuda a sentirse parte de algo hermoso. Por poder mirarlo, por saberlo ver.

Los tejados de lastra y verdín, salpicados a lo largo del valle, son como pequeñas guaridas de vida y calor con un poco de luz. Algunas chimeneas ya comienzan a humear, los olores del valle se mudan de estación y dejan que el río se lleve hasta la mar los restos maduros del verano. La leña quemada pasará a formar parte del atrezo aromático de aquella cuenca.

Platón y Don Ramón comparten algunas pasiones, entre ellas las manzanas reinetas que se dan en la huerta de María la Coja, apodo que le debe a la polio, que la dejó descompansada y asimétrica. María camina con una bota ortopédica, la única que tiene, la única que se puede permitir y que nunca la equilibra del todo, puesto que la combina con el resto de su calzado, las zapatillas de casa, las almadreñas de la huerta y los zapatos de ir a misa. Su caminar es como un paseo mal acentuado, como escribir cáminar o páseo, como un contratiempo de ritmo gitano que siempre pone silencios donde los demás ponen latidos. Es hermosa. Una hermosura curtida de caderas desvencijadas.

Don Ramón piensa en María, sonríe.

Entre tanto, Platón le mira salibando en espera de la mitad de la manzana que el maestro ha sacado de la alforja. Con la mirada perdida entre recuerdos y alguna fantasía, acaricia con su mano la pelusa que Platón tiene entre las orejas. Cuando vuelve en sí, le guiña un ojo y comparte el pequeño tesoro de sabor agridulce con el burro, la intensidad del bocado les hace cerrar fuerte los ojos, como si la tierra hubiera exprimido una gota de su deseo para colgarla de los manzanos de María y compartirla con ellos.

María es una buena mujer, suple el desequilibrio de sus descompansadas piernas con una armonía en la mirada capaz de amansar al lobo más hambriento.

A Don Ramón le encanta el papel de recolector furtivo en su huerta, nunca coge más manzanas de las que vaya a comer en el camino y es feliz cuando María se asoma a la puerta para reñirle, haciendo gestos amenazantes con la escoba.

- Es que se quiere hacer la dura, pero no le sale - le comenta Don Ramón a su burro.

Al final acaban riendo los dos y Platón les mira desconcertado, sin saber si huir o quedarse. Normalmente, para cuando María saca la escoba, ya tiene preparadas dos tazas en la cocina y la cafetera silba su aliento recién molido. El maestro sabe que esa mañana desayunaran juntos.


Ilusiones encontradas

El sur del sur


Aquel desván, como casi todos los desvanes, se sentía abandonado. Lo supe nada mas asomar mi cabeza por la trampilla un poco temeroso, desconfiando de aquella vieja escalera apolillada que me sujetaba por los pies.

Me recibió como alguna de esas tías mayores que todos tenemos, solteras o viudas hace lustros. Dispuso todos sus recursos con la intención de entusiasmarme, de que me sintiera cómodo, de que no quisiera irme y puedo aseguraros que lo consiguió.

Me regaló todas las vidas olvidadas que habían terminado los días en su panza de roble iluminada por ventanucos que, desde aquel tejado de cuatro aguas, dibujaban en diagonal un arpa de purpurina con el polvo que se revolvió a mi llegada y que, no era otra cosa que el espíritu
de las ilusiones perdidas...

...Perdidas en los bolsillos de aquel viejo abrigo de marinero o dentro de los cajones del taquillón de la abuela, en los rincones secretos del baúl del tío Andres o entre las teclas de aquel piano desdentado... . Cosas abandonadas, pero no muertas, pues nadie las había tirado a la basura, estaban allí posadas y les daba vida, precisamente, ese matiz, la voluntad o los restos de cariño con los que alguien había decidido darles una segunda oportunidad en el desván. Como las cajas de galletas de la abuela Verónica, donde mi madre guardaba las fotos de sus viajes y dentro de esas fotos, en las miradas escondidas de los niños del sur del sur, que miraban con el miedo de quien sabe que le pueden robar su infancia.

Viendo aquellas fotos sentí ganas de esconder la luz de sus miradas en mi desván, protegerla conmigo y volver a dar vida juntos a todas aquellas ilusiones que andaban por allí cansadas y olvidadas, sin esperanza... pasarla jugando con ellas... y mostrarles que hay cosas por las que luchar antes de que nadie les borre el horizonte.

Y los niños de todas las fotos de la caja de galletas se fueron juntando en una sola instantánea, como quien espera un autobús. Yo me coloqué tras ellos para no hacerles sombra, al fin y al cabo, aquella era su luz, la luz que podían sacar cuando el miedo se iba y yo solo el hombre afortunado que pudo compartir con ellos su desván y guardarse para siempre esta foto que me recuerda el poder de la ilusión.

Mi abuelo Angel, cuando yo era pequeño, siempre decía:

- Este chico tiene el pecho como un desván.

Lo hacía mirando al tendido y golpeando mi pecho con cariño.

Lo que no me contó es que la luz que entra por los ventanucos de mi desván es la mirada infantil de quienes se niegan a perder las ilusiones.


Sirena

Wild seas



Bajo del tren con el pelo empapado de sudor. Tardaré aún un tiempo en acostumbrarme a este clima húmedo que tienen todos los puertos de mar.

Me anudo un pañuelo, tu pañuelo, alrededor del cuello, desabrocho los dos primeros botones de mi blusa blanca y con la maleta en la mano comienzo a andar. Rumbo al mar. Siempre hacia ese horizonte azul noche.

Con solo mirar al cielo convierto a la luna en mi compañera de viaje. No puedo estar muy lejos, entre suspiro y suspiro puedo escuchar el rumor de las olas.

Mientras recorro con mi mirada los alrededores, recuerdo aquel lugar del que tanto me habías hablado. Esa vaya donde siempre te detenías a contemplar las formas curiosas que hacía la arena desde el otro lado. Me contabas que sentías, apoyado en sus palos de madera, toda la impotencia del hombre en un intento de ponerle límites al mar. ¡Cómo te reías al contármelo! ¡Poner límites al mar! ¡Poner límites a la libertad! A mí me brillaban los ojos cuando te escuchaba reír así. ¿Por qué no reías más, canalla?

Me descalzo y continúo así hasta aquel rincón, tu rincón. Saco una toalla de la maleta, aquella vieja que tanto te gustaba, "porque conserva la esencia de todos los recuerdos vividos y me siento sobre ella dejando que la humedad, la brisa y el calor de la noche que llega me invadan.

Estoy decidida. Voy a hacerlo.

Siempre te burlabas de mí cuando me veías entrar al agua con miedo, casi temblando. Me empujabas y jugabas conmigo, pero jamás soltabas mi mano. Sabías que solo así conseguirías tenerme dentro del mar. Me enseñaste a bucear y a buscar peces de colores bajo el agua. De tu mano perdí el miedo y sin ella, ando coja por el mundo.

Amanece. Los primeros rayos de sol se estrellan contra mi rostro y abro los ojos de par en par. Ahora, ahora es el momento. Porque era en estas horas cuando tú te asomabas al mundo y le dabas gracias a la vida por ser tan bella.

Me levanto y sin pensarlo me dirijo al mar ... el agua está fría, pero no tiemblo de frío, tiemblo de emoción. Por fin nos vamos a reencontrar. Y volveremos a jugar a piratas y borrachos, viviremos en una cueva en el fondo del mar que decoraremos con corales de colores. Ya voy ... espérame .... y no temas, tú me dijiste un día que si iba de tu mano jamás me iba a pasar nada. Y hoy lo decidí, me voy a hacer sirena. Para encontrarme de nuevo contigo.

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El alcohol era un borroso inquilino realquilado al final de su sonrisa, con un vecindario de tristura burdeos en la mirada que ella, sutilmente, combinaba con sombra de ojos. Y es que, cuando Frances parpadeaba, se avivaban las calderas del infierno. Cada noche se sentaba frente a aquel espejo y las bombillas tartamudeaban al alumbrar su rostro, con su leve seseo intermitente le contaban, a su manera, cuanto la admiraban. A veces Frances trataba de enroscar aquel pálido temblor a su casquillo, sin entender que solo era el tímido código morse de un espejo con mal de amores.

Por aquel entonces yo era un muchacho curioso que trabajaba limpiando el "Teatro Lumiéres" en Bordeaux. El dueño de aquel lugar era un vividor entrañable, aún recuerdo la posdata de mi primer contrato de trabajo escrito de su puño y letra en una servilleta:

"A parte de la nómina y las propinas, todas las tetas que veas, los traseros que roces y los besos que te lleves correrán por cuenta de la casa. Aprende mucho muchacho"

Yo ordenaba el camerino de Frances cada vez que ella salía a escena y puedo aseguraros que con el tiempo llegué a percibir cómo las luces del espejo temblaban siempre acompasadas con las manos alcoholicas de Frances, en un intento desesperado por encubrir a su amada. Por ser su cómplice.

Aquel espejo jamás parpadeó mientras Frances estaba en escena.



Semana 13: El niño de la Duna

alone

Todo el mundo le conocía como el Niño de la Duna. Los habituales del bar de Ramiro decían, entre bromas obscenas y risas, que el nombre le venía del vicio de su madre por comerciar tras la duna de la playa. Y se apostaban las copas de coñac para intentar averiguar quién podía haber sido el padre de aquel chaval del que, en realidad, nada se sabía.

Al recordar aquellas risas siento lástima y vergüenza por aquellos ignorantes que consumían su triste y monótona vida apoyados en la barra sucia de un bar del puerto. Entonces, en realidad, me causaban admiración y mirándoles les imaginaba mil y una aventuras en alta mar. Tanto me gustaba acompañar a mi abuelo a aquel tugurio que fue allí donde empezó mi curiosidad por saber algo más de aquel niño de la Duna.

Mis primeros intentos por trabar amistad con él fueron fallidos. Una vez que conseguía tenerle cerca, sentía que se levantaba un muro invisible pero infranqueable entre los dos que hacía que me sintiera una intrusa tratando de colarse en un reservado. Pero, por fortuna, eso cambió.

Que ocurriera un 29 de Febrero no fue casualidad. No podía ser otra fecha. Un niño sin pasado, sin padre, sin historia. Una niña que paseaba por el pueblo subida en un caballo negro imaginario que en lugar de reglas y cuadernos guardaba banderas y catalejos en su mochila. Esos dos seres, no podían conocerse ni en un lugar cualquiera, ni un día cualquiera. Por esa razón, el 29 de Febrero, siguiendo un instinto inexplicable, cogí mi mochila y me fui a la duna, saltándome las clases y la comida en casa de los abuelos.

Cuando llegué a lo más alto no había nadie. El viento era helador en esos días y me hacía daño en la cara. Subí mi bufanda hasta dejar nada más que el hueco de mis ojos para poder ver. Porque sabía que él vendría. Y lo hizo, casi cuando anochecía. Lo vi aparecer a lo lejos. Caminaba despacio, retando al viento que no le dejaba avanzar. Iba descalzo. Y sonreía. Nunca le había visto sonreír hasta ese momento. Enseguida lo entendí. Esta vez venía solo, sin muros. Se acercó a mí, cruzó las rodillas y se dejó caer sobre la arena, a mi lado.

- Hola, ¿llevas mucho tiempo esperando? – preguntó apartándome el pelo de mi cara
- ¿Cómo sabes que espero? – le dije nerviosa al escucharle hablar por primera vez
- Lo sé.

Permanecimos un buen rato en silencio, mirando al horizonte, como si los dos buscásemos lo mismo. Su seguridad me hacía sentir pequeña. Fue él quien lo rompió para pedirme algo.

- Oye, sé a qué has venido, así que venga, Invéntame una historia. Imagina mi historia. Esa que quieres conocer. Hagamos que la gente tenga por fin de qué hablar. .. Hazlo. Confío en ti.

Le miré sin saber muy bien que contestarle. Me tumbé sobre la arena. No sé cuánto tiempo debí estar así. Cerré los ojos y noté como el niño de la Duna agarraba mi mano con fuerza. No me solté, el contacto era agradable y sentí que ese gesto me daba fuerzas.

- Te ayudaré – le escuché decir … venta, empecemos … Uhm ... mi abuelo vivía en un pueblo cerca de un gran desierto - sigue tú - me dijo.
- … ok, un desierto ... sí, lo sé, el Sahara ¡!
- Sí, ese. Su vida era aburrida y como su cabeza siempre estaba llena de aventuras un día se unió a un grupo de mercaderes …
- … no, no … a unos bereberes … nooo, mejor aún, a unos tuaregs ¡!!
- Síiii, mi abuelo se hizo tuareg.
- Bien, entonces un día apareció una mujer deslumbrante …
- … la más guapa del mundo
- Se llamaba Hayma y tu abuelo se enamoró de ella …
- … pero Hayma era esclava y tuvieron que huir para poder amarse en secreto
- Uhm …. De esa unión nació un niño …
- Que se llamó Said
- ok, y era un hombre alto, fuerte, aventurero como su padre, y guapo como su madre
- Vale, vale … pero ¿dónde nació? …

Hace mucho tiempo de aquella tarde pero aún soy capaz de escuchar las risas de aquellos dos niños que se pisaban las palabras y que empezaron una historia y no la querían soltar. De aquellos inocentes que jugaban a escribir un pasado. Los escucho y confundo sus risas con las que me llegan del salón. Me acerco sin hacer ruido para no interrumpiros y fijo mi mirada en tus manos. Sigues haciéndolo. Nuestros nietos adoran ese gesto, les hace sentir fuertes. Apoyada en el quicio de la puerta sonrío escuchándote.

“ … y entonces, cuentan que un día aquel tuareg misterioso que llegó del Sahara, se puso a pasear descalzo por la playa de los Atunes … que mientras lo hacía, le cantaba a la luna … y dicen, los que se quedaron a observar, que según se acercaba al mar se fue desmigando en granos de arena hasta desaparecer … así fue como nació la Duna …. Y de esa misma Duna, una mañana fría de Febrero, apareció como por arte de magia, un niño desnudo que caminaba despacio y al hacerlo, desprendía arena de su piel … y ¿sabéis quien era ese niño misterioso que nació de la arena del desierto?"

- ¡Tú, abuelo! Eras tú – gritó la pequeña Hayma con su vocecilla chillona.

- ¡Tú! – Gritó Said pegando saltos mientras lo decía.

¡Ay!, sí, creo que estoy llorando otra vez. Pero es por la emoción de sentir que seguimos escribiendo nuestra historia. Como cuando éramos niños …

Semana 12: Las clavijas de tu pecho

Porque te quiero de verdad ...


Los empleados de la residencia llevan puesto, como si formara parte de su uniforme, un rostro mohíno y renegón. Friegan los cacharros del desayuno en la cocina, rezando por lo bajo maldades agrias que, a menudo, se quedan incrustadas en las cazuelas, dándole un sabor rancio a la comida.

Pero en esta cocina sombría hay una pequeña isla de luz. Se llama María, es la más joven de todos los empleados y trabaja aquí los veranos para pagar sus estudios de Bellas Artes. María se pierde por la ventana que hay sobre el fregadero y sonríe abstraída en sus cosas.

- ¡Joder! Ya la están liando los amantes de Teruel.
- Tonta ella y tonta él.

Cuando María escucha esos comentarios vuelve a la realidad, mira a sus compañeros y les ignora enseguida con el brillo en la mirada de quien oye al tren en el que llega un ser querido.

Sale hasta la puerta de la cocina, expectante. Apoya su cabeza en el marco y espera. Sus ojos hacen más grande todo lo que miran. Bella, callada, curiosa, dulce María.

Veba pasea descalza sus 86 inviernos. El pelo teñido de años cae rizado hasta los omoplatos de una espalda pecosa que enseña coqueta siempre que el buen tiempo le permite usar esos vestidos de tirantes que tanto le gustan a Manuel.

- Putos romances de viejos. A la vejez viruelas...

Este comentario de uno de sus compañeros araña la mirada a María. A veces no es fácil sobrevolar entre tanta acidez y se le pone cara de ardor de estómago. Cierra los ojos, coge aire, lo echa despacio y se vuelve a concentrar en Veba y Manuel. Son un espectáculo.

Veba lleva uno de sus vestidos de tirantes, azul añil y blanco. Una gorra de chulapa, un parche de pirata en el ojo izquierdo, una batuta en una mano y un violín en la otra.

Manuel, algo más torpe, baja las escaleras subiéndose la cremallera del pantalón con cara de pillo y mirándole el culo a Veba. Él es más joven, solo tiene 84 años. El carmín de Veba en sus labios le delata. Al llegar a la altura de María se lleva el arco del violín a los labios en señal de silencio y le guiña una complicidad cargada de cariño que los dos entienden. Levanta su sombrero seductor mirando a una enfermera y da un saltito torpe como cogiendo el paso militar tras su Veba.

Entran al comedor. Veba coge una copa y la golpea con su batuta. No sin esfuerzo, se sube a la mesa de recepción, Manuel la ayuda tocándole un poco el trasero.

- Toma, que ya te lo dejabas olvidado. Dice a Manuel a la vez que le entrega su violín, con ese cariño con el que se quieren los defectos de la gente a la que se quiere de verdad.

Manuel se rasca la nuca y juega con las cuerdas del violín comprobando su afinación.

Veba suelta sus manos, alargadas, pálidas, expresivas, suaves, vivas. Parecen dejar una estela en sus movimientos como si escribieran en el aire. Sus pies descalzos permanecen inmóviles, unidos por los talones mantienen la postura número uno de ballet. Conoce su potencial y sus limitaciones. Las piernas ya no le dan mucho juego, pero sus manos... sus manos hablan más que su boca.

Da unas palmadas, recorre las miradas de la sala ofreciendo el brillo de sus patas de gallo para posarse finalmente en María. Le hace una señal previamente pactada. María apaga las luces y enciende el proyector.
Manuel comienza a tocar nervioso. Veba carraspea... - Aún no!! Manuel encoge los hombros espera.

El proyector no tiene ninguna película, solo luz, como en los teatros, enfocando con nitidez las manos de Veba que, ahora sí, da una patadita a Manuel en el hombro y este comienza a tocar.

María afila la mirada, un escalofrío de emoción la hace temblar al ver cómo el arte de Veba y Manuel se hacen uno. En algunos momentos con la mano izquierda, Veba agarra su muñeca derecha, simula sujetar el mástil del violín moviendo los dedos perfectamente sincronizada con la música, como si lo que sonara fuese su cuerpo. Ese gesto es un guiño a Manuel, con él le recuerda:

-Eres un virtuoso de mi piel, Manuel.

-¡Niña! Hay mucha tarea en la cocina. Deja de perder el tiempo entre estos romances trasnochados de viejos.

María escucha esa voz que le llama y siente el mismo escalofrío que si escuchara el graznido de un cuervo picoteando un lienzo de Cezanne. Cierra los ojos, coge aire y sube a la habitación de Veba y Manuel. De allí toma prestada una vieja fotografía de dos jóvenes tumbados en las vías del tren y la baja a la cocina.

Cierra la puerta y se queda allí sola ante todos sus compañeros que la miran extrañados. Pompom pompom pompom.. está nerviosa de ira y pena, tiene taquicardias y no es capaz de levantar la mirada del suelo. Pero pronto la calma le llega, y la fuerza. Levanta la mirada y habla con firmeza:

- Veba y Manuel viven los últimos capítulos de su vida con la misma pasión que supieron ponerle a los primeros. Una pasión que vosotros despreciáis porque no tenéis. Os resulta más cómodo reconcomeros ante la dicha de los otros, que intentar entenderla, porque teméis daros cuenta de vuestra miseria.

¿Veis esta foto? Son ellos dos. Llevan una vida juntos. ¿Os habéis planteado, siquiera una vez, escuchar a alguna de estas personas?¿Sois conscientes del amor que hace falta para mantener la sonrisa de esa foto durante 50 años?

Miradlos bien. Mirad a vuestro alrededor y pensad quien crea más valor aquí. Vosotros, mercenarios renegones, incapaces de aportar a vuestro trabajo una pizca de ilusión, o estos dos señores que le dan cuerda a su marcapasos con las clavijas de un violín y que inventan un espectáculo cada día, porque han aprendido que la vida hay que ganársela, . Veba y Manuel, con sus achaques, sus extravagancias, su vida, son la más extraordinaria muestra de amor que jamás vi. Yo les respeto, les admiro y les agradezco en cada abrazo todo lo que aprendo de ellos.

Si os molestaseis en levantar la mirada de vuestras sombras, el mundo os sabría mucho mejor.

Ellos creen en sí mismos y en su capacidad para crear valor en su vida y las vidas que les rondan.

Qué valor? El valor del amor, de la belleza, de la honradez, de la entrega real sin saldos, el valor de las pequeñas cosas, el valor de menguar, el valor de mirar entender y expresar, el valor de la piel, el valor del arte, el valor del cariño, de la ilusión, del deseo, de la fuerza. El valor de pararse a mirar y a sentir, a saborear y a escribir. El valor de ver más que los demás y saber mostrárselo. El valor de no dejar de aprender y desear compartirlo. El valor de ser Gepetos. El valor de mostrar a las personas los tesoros que llevan puestos y no habían visto.

Seríais mucho más felices si pensarais en lo que podéis dar y crear en el mundo que pensando que el mundo os debe algo, porque en realidad no hay deuda alguna. Si la vida os debiera algo, quedaría saldado en cada bocanada de aire, pensad si podéis hacer algo mejor con vuestras vidas. Pensadlo bien, porque yo os aseguro que sí.

Nadie se ha dado cuenta, pero Veba observa y escucha a María desde la puerta. Sonríe orgullosa. Se acerca a ella y le da un abrazo con suspiro. Le besa la frente. MIra a Manuel y le dice:

- Niño, nos podemos ir. En esta casa ya no nos necesitan. Misión cumplida.

Manuel se lleva el violín al cuello y toca la canción favorita de María acercándose a ella. Le da un travieso beso fugaz en los labios, Veba frunce el ceño y se hace la celosa, le agarra con fuerza para sí, exagerada. María no es capaz de enfocar, la emoción le moja la mirada y se dan un abrazo los tres. Un abrazo gigante.

María solo sabe pronunciar 4 palabras:

- No os quiero perder.

Veba y Manuel responden al unísono:

- Nos ganaste hace tiempo pequeñina.

Semana 11: La verdadera historia de la chica lluvia

Lluvia

La chica lluvia no es ni grande ni pequeña, es todo lo normal que puede ser alguien que no vive una vida normal. Camina descalza y siempre viste con largas faldas o vestidos vaporosos que ondea al caminar, como las niñas cuando se disfrazan de princesas y simulan bajar por las escaleras donde las recibirá su príncipe.

Habla poco, hay quien nunca la escuchó y cree que no tiene voz, pero los que hemos conseguido hablar con ella sabemos que su voz en un susurro melódico que acaricia el alma. Como su mirada. Directa, sincera, transparente.

La chica lluvia es solitaria. Huye de las aglomeraciones y de los lugares ruidosos. Aprieta sus manos contra los oídos cuando algo la molesta y sale corriendo alejándose del lugar.

Lleva el pelo largo. Rizado. Juega con él cuando se pone nerviosa.

La chica lluvia llora. Llora mucho, muchísimo. Llora de risa si le haces cosquillas. Llora de alegría cuando alguien la abraza o le dice "Te quiero".

Llora de pena cuando le duele el alma. Llora lento cuando está triste.

La chica lluvia puede estar días enteros llorando y si te acercas y recoges una lágrima con tus manos y la acercas a tus labios podrás notar que es agua salada, de mar. Porque la chica lluvia nació entre olas. O eso cuentan.

Porque todo lo que rodea a esa chica de mirada perdida es un misterio. Nadie conoce su nombre, ni de donde viene, ni donde vive. Nadie la ha visto con gente. No trabaja, no estudia. Vive y camina por el mundo repartiendo su sonrisa y recolectando las que los demás la dedican al pasar. Nunca se la ha visto discutir o enfadarse. Pero sí llorar.

Una vez la pregunté por el amor y me confesó que vivía enamorada. Quise saber de quien y me respondió con una sonrisa y una lágrima. Qué más da de quien, lo importante es que amo y me aman.

Reconozco que sentí celos por quien fuera que tuviera el honor de ser receptor del amor de tan misteriosa niña. Pero jamás volví a preguntar. Era más grande mi respeto por ella que mi curiosidad.

La chica lluvia apareció en mi vida una noche de tormenta como nunca antes se había vivido en el valle. Llegó descalza, empapada y tarareando una nana, saltando dentro de los charcos, apareció feliz.

La invité a café, me ofrecí a secarle la ropa y durmió en el sofá. A la mañana siguiente, me despertó un sol intenso en la cara y no había rastro de ella.

Cuando nos volvimos a encontrar le pedí que no se fuera. Y ahí sigue, rondando en mi vida.
Como un sueño, como un dulce sueño del que no quiero despertar. La chica lluvia siempre aparece cuando la necesito. Y aprieta con sus manos delicadas el nudo que me ahoga en el pecho y lo estruja para que salgan las lágrimas y lloramos juntos … como ahora … ¿la ves? Está a tu lado … ven chica lluvia, ven … lloremos juntos.

- Bien, Horacio, está bien por hoy, relájate. Bebe agua. Y llora, llora lo que necesites. Te hará sentir mejor después. Vamos avanzando Horacio, creéme que vamos avanzando. Pero recuerda, es importante para que los sueños se conviertan en lo que son, imaginaciones, que les demos forma. Intentaremos averiguar su nombre, lo haremos y tu misteriosa chica lluvia cobrará vida y se irá andando descalza de tus pesadillas y obsesiones.

Pero yo no quiero que se vaya, yo quiero llorar con ella. La necesito a mi lado ...

Fue entonces cuando escuché un susurro.

- “sh sh … no digas que estoy por aquí, tranquilo, no me muevo de tu lado, pero no mires, que no sepan que estoy”

El mundo se empeña en llamarme loco porque vivo enamorado de un sueño. Pero yo sé que no es un sueño, es una necesidad que me hace feliz. No sé su nombre, no sé donde vive, no sé nada de ella pero siempre que la necesito está. Mirándome. Y me regala lágrimas saladas. Y yo, no necesito más. Ni siquiera esas pastillas que tiro por el lavabo cada mañana.

(... ...)