Los empleados de la residencia llevan puesto, como si formara parte de su uniforme, un rostro mohíno y renegón. Friegan los cacharros del desayuno en la cocina, rezando por lo bajo maldades agrias que, a menudo, se quedan incrustadas en las cazuelas, dándole un sabor rancio a la comida.
Pero en esta cocina sombría hay una pequeña isla de luz. Se llama María, es la más joven de todos los empleados y trabaja aquí los veranos para pagar sus estudios de Bellas Artes. María se pierde por la ventana que hay sobre el fregadero y sonríe abstraída en sus cosas.
- ¡Joder! Ya la están liando los amantes de Teruel.
- Tonta ella y tonta él.
Cuando María escucha esos comentarios vuelve a la realidad, mira a sus compañeros y les ignora enseguida con el brillo en la mirada de quien oye al tren en el que llega un ser querido.
Sale hasta la puerta de la cocina, expectante. Apoya su cabeza en el marco y espera. Sus ojos hacen más grande todo lo que miran. Bella, callada, curiosa, dulce María.
Veba pasea descalza sus 86 inviernos. El pelo teñido de años cae rizado hasta los omoplatos de una espalda pecosa que enseña coqueta siempre que el buen tiempo le permite usar esos vestidos de tirantes que tanto le gustan a Manuel.
- Putos romances de viejos. A la vejez viruelas...
Este comentario de uno de sus compañeros araña la mirada a María. A veces no es fácil sobrevolar entre tanta acidez y se le pone cara de ardor de estómago. Cierra los ojos, coge aire, lo echa despacio y se vuelve a concentrar en Veba y Manuel. Son un espectáculo.
Veba lleva uno de sus vestidos de tirantes, azul añil y blanco. Una gorra de chulapa, un parche de pirata en el ojo izquierdo, una batuta en una mano y un violín en la otra.
Manuel, algo más torpe, baja las escaleras subiéndose la cremallera del pantalón con cara de pillo y mirándole el culo a Veba. Él es más joven, solo tiene 84 años. El carmín de Veba en sus labios le delata. Al llegar a la altura de María se lleva el arco del violín a los labios en señal de silencio y le guiña una complicidad cargada de cariño que los dos entienden. Levanta su sombrero seductor mirando a una enfermera y da un saltito torpe como cogiendo el paso militar tras su Veba.
Entran al comedor. Veba coge una copa y la golpea con su batuta. No sin esfuerzo, se sube a la mesa de recepción, Manuel la ayuda tocándole un poco el trasero.
- Toma, que ya te lo dejabas olvidado. Dice a Manuel a la vez que le entrega su violín, con ese cariño con el que se quieren los defectos de la gente a la que se quiere de verdad.
Manuel se rasca la nuca y juega con las cuerdas del violín comprobando su afinación.
Veba suelta sus manos, alargadas, pálidas, expresivas, suaves, vivas. Parecen dejar una estela en sus movimientos como si escribieran en el aire. Sus pies descalzos permanecen inmóviles, unidos por los talones mantienen la postura número uno de ballet. Conoce su potencial y sus limitaciones. Las piernas ya no le dan mucho juego, pero sus manos... sus manos hablan más que su boca.
Da unas palmadas, recorre las miradas de la sala ofreciendo el brillo de sus patas de gallo para posarse finalmente en María. Le hace una señal previamente pactada. María apaga las luces y enciende el proyector.
Manuel comienza a tocar nervioso. Veba carraspea... - Aún no!! Manuel encoge los hombros espera.
El proyector no tiene ninguna película, solo luz, como en los teatros, enfocando con nitidez las manos de Veba que, ahora sí, da una patadita a Manuel en el hombro y este comienza a tocar.
María afila la mirada, un escalofrío de emoción la hace temblar al ver cómo el arte de Veba y Manuel se hacen uno. En algunos momentos con la mano izquierda, Veba agarra su muñeca derecha, simula sujetar el mástil del violín moviendo los dedos perfectamente sincronizada con la música, como si lo que sonara fuese su cuerpo. Ese gesto es un guiño a Manuel, con él le recuerda:
-Eres un virtuoso de mi piel, Manuel.
-¡Niña! Hay mucha tarea en la cocina. Deja de perder el tiempo entre estos romances trasnochados de viejos.
María escucha esa voz que le llama y siente el mismo escalofrío que si escuchara el graznido de un cuervo picoteando un lienzo de Cezanne. Cierra los ojos, coge aire y sube a la habitación de Veba y Manuel. De allí toma prestada una vieja fotografía de dos jóvenes tumbados en las vías del tren y la baja a la cocina.
Cierra la puerta y se queda allí sola ante todos sus compañeros que la miran extrañados. Pompom pompom pompom.. está nerviosa de ira y pena, tiene taquicardias y no es capaz de levantar la mirada del suelo. Pero pronto la calma le llega, y la fuerza. Levanta la mirada y habla con firmeza:
- Veba y Manuel viven los últimos capítulos de su vida con la misma pasión que supieron ponerle a los primeros. Una pasión que vosotros despreciáis porque no tenéis. Os resulta más cómodo reconcomeros ante la dicha de los otros, que intentar entenderla, porque teméis daros cuenta de vuestra miseria.
¿Veis esta foto? Son ellos dos. Llevan una vida juntos. ¿Os habéis planteado, siquiera una vez, escuchar a alguna de estas personas?¿Sois conscientes del amor que hace falta para mantener la sonrisa de esa foto durante 50 años?
Miradlos bien. Mirad a vuestro alrededor y pensad quien crea más valor aquí. Vosotros, mercenarios renegones, incapaces de aportar a vuestro trabajo una pizca de ilusión, o estos dos señores que le dan cuerda a su marcapasos con las clavijas de un violín y que inventan un espectáculo cada día, porque han aprendido que la vida hay que ganársela, . Veba y Manuel, con sus achaques, sus extravagancias, su vida, son la más extraordinaria muestra de amor que jamás vi. Yo les respeto, les admiro y les agradezco en cada abrazo todo lo que aprendo de ellos.
Si os molestaseis en levantar la mirada de vuestras sombras, el mundo os sabría mucho mejor.
Ellos creen en sí mismos y en su capacidad para crear valor en su vida y las vidas que les rondan.
Qué valor? El valor del amor, de la belleza, de la honradez, de la entrega real sin saldos, el valor de las pequeñas cosas, el valor de menguar, el valor de mirar entender y expresar, el valor de la piel, el valor del arte, el valor del cariño, de la ilusión, del deseo, de la fuerza. El valor de pararse a mirar y a sentir, a saborear y a escribir. El valor de ver más que los demás y saber mostrárselo. El valor de no dejar de aprender y desear compartirlo. El valor de ser Gepetos. El valor de mostrar a las personas los tesoros que llevan puestos y no habían visto.
Seríais mucho más felices si pensarais en lo que podéis dar y crear en el mundo que pensando que el mundo os debe algo, porque en realidad no hay deuda alguna. Si la vida os debiera algo, quedaría saldado en cada bocanada de aire, pensad si podéis hacer algo mejor con vuestras vidas. Pensadlo bien, porque yo os aseguro que sí.
Nadie se ha dado cuenta, pero Veba observa y escucha a María desde la puerta. Sonríe orgullosa. Se acerca a ella y le da un abrazo con suspiro. Le besa la frente. MIra a Manuel y le dice:
- Niño, nos podemos ir. En esta casa ya no nos necesitan. Misión cumplida.
Manuel se lleva el violín al cuello y toca la canción favorita de María acercándose a ella. Le da un travieso beso fugaz en los labios, Veba frunce el ceño y se hace la celosa, le agarra con fuerza para sí, exagerada. María no es capaz de enfocar, la emoción le moja la mirada y se dan un abrazo los tres. Un abrazo gigante.
María solo sabe pronunciar 4 palabras:
- No os quiero perder.
Veba y Manuel responden al unísono:
- Nos ganaste hace tiempo pequeñina.